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21/6/08

Virus

Entre cubos de gases deambulaba quien su Yo perdía por dividido. Sin estar mutilado, lo desgarraba su inquietud; estando percibiendo por dentro y fuera suyo, cada opción a decidir lo hacía dudar por el doble. Cada elección era una victoria de un solo Yo, de un solo hombre vislumbrando su desgracia múltiple. Rectángulos negros con volumetría corpórea habían atravesado el torso del que moraba en la atmósfera geométrica. Rectángulos y cubos habían hecho del entorno un sitio lineal y plano, aunque con perspectiva. Eran puntos de fuga a los que él atestiguaba multiplicados e infames, al no serle posible un único examen de su percepción. Cuando no reposaba, caminaba. Pero nunca fuera de su recinto. Y cuando no caminaba, escalaba; aunque no hasta la atmósfera triangular de las alturas, ni descendía jamás hasta la circular. Ahí, círculos de plana invariabilidad terca hacían ofuscar a cualquiera. Entre negros y grises cubos había notado a otro dentro de él. Otro que bien podría hacer de él, un él dual, doble; porque se había advertido como si conviviese junto a ese otro. Y hasta había reconocido similitudes de reacción ante estímulos demasiado propios. Entonces lo había visto como otro Él dentro suyo, como otro Yo. Temía. No lo veía adecuado, sino que presenciaba cada instante desde dos ópticas haciéndolo cavilar más de lo aconsejable, más de lo previsto. Y esta rareza lo había incomodado y hecho padecer una dualidad de remordimientos, aunque asimismo de gracias. Gases opacos entre cubos y rectángulos lo ceñían ingrato por el imprevisto. Al verse, al ver desde afuera a lo de adentro como un virus, no sabía por qué aceptarlo. Tendría que ceder y dejar que éste opine, pero así perdería sus observaciones imparciales. Aunque de esta forma si lo quitaba se mutilaba a él mismo –porque el otro era parte de él-, prefería perder a ese Yo interno y mantenerse como siempre, expuesto con sus percepciones externas hacia fuera. Nubes de gases violetas habían mudado hacia un rojizo oscuro y elevado un rectangular mástil de base cuadrada. Algunos cubos rojos volaban a su través. Eran diminutos y dejaban huellas cúbicas de nubes estridentes. Ya el opaco negro se había ido, ya aparecían colores. Poco le importaba la variación de la atmósfera mientras el suicidio carcomía los restos de su compostura, su conciencia y perseverancia. Se había caído y no deseaba levantarse. Estaba desanimado sobre un cuadrado rojo y negro moviéndose en círculos debajo de él. Estaba sin saber nada del otro interno, del otro Yo. Y fue cuando comprendió que ése no veía la misma atmósfera que él, que veía su organismo interno y algunas representaciones mediante imágenes; que no lo agasajaban ni entretenían los cuerpos geométricos, y que sólo a la meditación y más exhausta contemplación debía dedicarse. Ya los cubos habían cobrado colores más vivos, despertaban del tedio más incomprensible y doblegante. Y junto a estos, él. Bailaba. Se vitoreaba con cada cuerpo a su gusto mientras seguía sin saber nada del otro. Es decir: sabiendo de sí mismo como siempre había sido, de forma externa. Cuando se detuvo, reflexionó y notó que ya jamás volvería a ser quien se sepa uno. Es que ya había experimentado la duplicidad. Esto lo desconsolaba, deshacía la danza entre él y los cubos, aquel mundo atmosférico. Cada volumen que se le había acercado, había sido repelido, impulsado hacia lejanías. Cada consuelo, rechazado. Decepcionado, sentía que lo dado a dejar, a desprender, había sido perdido. Librado o preso, vivo o muerto (no lo sabía), ya no convivía junto a él. Esto era lo que él había deseado, lo que quería su Yo en tiempos donde recién conocía al otro, al ente interno. Pero ya no pensaba de esa forma. Ya había vivido la experiencia de presenciar la realidad con el doble de las percepciones y sensaciones, ya había experimentado duplicar cada instante. Un triángulo descendía hasta rozar un círculo para pronto ascender. Y cuando volvían los cubos y rectángulos amarillos, nada de aquellos quedaba. Ni había podido ver descender al círculo. Gases aromáticos habían rellenado los intersticios de cada objeto hasta comprimir la atmósfera, hasta dejarla deslumbrante por luminosa. Pensaba en cómo vería esta circunstancia con el otro, con la otra parte de él. Pero no era posible. Quizás lo había asesinado su desinterés, su indiferencia durante aquel baile donde el salón, donde los cubos y rectángulos se habían disfrazado para demostrarle la prioridad de los factores externos en vez de los internos. Situación que tal vez lo había conducido a eliminarse por inapropiado y hasta incómodo. La misma inconformidad que había vivido el Yo externo al verlo y presagiar un futuro. Aunque su desaparición haya sido desconocida para él, para el hombre de la cúbica atmósfera, ya no deseaba la dualidad. Se había acostumbrado. Ya volvía a su univocidad, la única manera de presenciar en cada momento a un cubo haciéndose rectángulo gaseoso sobre el mismo anaranjado plano.

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