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30/6/08

Bisagra

Abierta cuando pasaban; cerrada cuando no, se removía aleteando. Cada ingresante, cada egresante (todo aquel que demudara su cuerpo a su través), cruzaba más que el umbral de una puerta. Hombres atravesaban las escamadas fronteras del pez límite, pues la abertura hacía de finitud entre dos ámbitos. Hacía cuando pasaban y cuando no, de estrecha represa como un pez dividiendo la esponjosa agua. Todo quien atravesara de un hemisferio al otro, se detenía ante ella, esperaba frente a su apertura y caminaba cuando le era dispuesto. Abierta, ya no. Cerrada. Es que se había obturado como un pez estático dentro de una pecera, dentro de una roca vidriosa. Abierta, ya había quedado en todos sus recuerdos. Es que presentían que jamás volvería a abrirse, a ofrecerse servil. Y nadie sabía por qué. Desde que me he quedado de este lado, reconozco a los objetos. Cuando apenas vi la puerta, supe que la bisagra se había entumecido, sellado. Y aunque haya quedado cerrada, y yo sepa el motivo y arregle, no haré nada por darle solución. Habría que reemplazar a la bisagra, nomás. Pues a ésta se debía la capacidad de poder ingresar y egresar de un ámbito a otro, de un mundo a otro. Ya, los que hemos quedado de este lado, tenemos la fortuna de reconocer a los elementos –cualidad del otro lado imposible-. Sin embargo, esta gracia a nadie satisface. Porque todos ansían volver a reptar como líquidos entre las escamas de un pez límite, frontera. Aunque quizás alguno se dé cuenta y pueda solucionar a la puerta, a la bisagra, yo me quedaré de este lado. Acá estoy para saber con qué y de qué objetos me suministro y doy nombre seco.

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