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1/4/08

Sinuosa cerca

Corríase el descampado cuando el hombre lo recorría. Se movían hasta los frágiles, hasta los esponjosos pétalos que lo veían con sus herramientas de siembra. Iba solo –su familia quedaba en la granja-, y día a día había memorizado cada parte del camino sabiéndolo inolvidable.

Al verse entre la desolada planicie, su vista oía a su olfato saboreándolo sólido. Es que nada restaba por apreciar sobre la desértica madrugada donde un crepúsculo se decía su único acompañante. Y él, que desde joven repetía esta rutina, que hasta podría hacer balancear al sendero si por ahí no volvía, ya era retrato de campesino sobre los montes.

Su casa ya no se distinguía donde la recta cerca se avecinaba. Los lineales tallos y troncos no hacían sino reiterar que todo bien podría reflejarse ante una línea, o segmento, en perfecta rectitud geométrica. Aunque él, sin nada saber de figuras, presentía una armonía atroz por ser tan pareja; desleal por virtuosa y desasimilada a la falta de quien no se esmeraba siquiera a cerrar la tranquera para que aquellos acordes no se desnaturalizasen.

Su campo de trabajo estaba frente suyo cuando sus pensamientos reposaron sobre aquellas reflexiones. Distraído, volvía en sí al ver que la puerta abierta se blandía, se aflojaba, caía. Cuando quedó retorcida ante él, descubrió un cambio: todo lo había advertido porque era capaz de recordarla en su modo anterior, recta. Y comenzó a advertir sinuosidades en todas partes.

Ya rememoraba menos, y el olvido se aferraba mediante dudas dentro de sus imágenes.

Esto lo condujo a descifrar –dado que era conciente de la inmiscuición irrefrenable- que a todo recuerdo le secunda su pérdida; y que éstas son un último paso hacia el fin. Así, nadie podría emigrar, exiliarse, irse a ningún lado puesto que no tiene residencia alguna: es decir, todo suelo fijo donde haya estado será techo pronto a evaporarse sobre un hervor de olvidos. Todo será perdido menos el mayúsculo arrastre de la desmemorización, collar en imprenta ante la minúscula representación de objetos.

Entonces, soltó la hoz, se calzó el sombrero y se decidió a volver. Pero esta vez, sabiendo que nada, ni hasta el candente sol que lo incomodaba, harían en él mella alguna, inolvidable.

En su hogar, sus parientes ya lo habían aceptado con su nueva ideología. Ya lo habían visto demasiado tiempo sentado, acostado, aguardando a que todo se esfumase. Es que quería olvidar toda su vida al conocer que de esta forma adelantaría su posición, y sus acepciones de la realidad –las suyas-.

Cada pariente lo visitaba tan sólo por el recuerdo que del campesino tenían. Y desconocían que su afán era perecer en la vigencia de lo inmutable, en los olvidadizos retratos de lo eterno y lo vacuo, en los olvidos.

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