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20/4/08

Deletréo

Sobre cada sílaba, una explosiva sonoridad era teñida con letras. Vocablos que disparaban acordes, que silenciaban ruídos, habían sido oídos por oyentes con cada tímpano cercano. Alejado de este espectáculo se hubiera visto un sordo, un inválido.

Música en palabras; palabras en continua mancomunión ante la espera de cada tempo, habían sido desenvueltas sobre una tierra de cinco líneas paralelas. Aún así, entre ellas, los espacios habían dado lugar a otras, a más gemas de un collar vibral. Y, persistiendo con esta composición, habían llegado a conformar una sonante emisión desde cada figura.

Uno, tan sólo uno había diseñado la mágica filiación entre escrito y sonido, entre lengua y habla. Este hombre no era conocido; razón por la que en todos los pueblos habían investigadores que hacia él dirigían sus miras. Es que lo hecho no quedaba al margen de las excepciones, de los prodigios. Lo que había hecho antaño, perduraba dándole lustre estético a quien emplease un idioma –cualquiera que fuese-. Pues cada uno en particular, cada zona idiomática poseía el suyo. Pero nadie sabía el del creador, el del primer hacedor de palabras.

Transcurrían los años y cada instante resultaba más tedioso para los investigadores. Es que no habían dilucidado el enigma, el misterio: no habían descubierto al primer deletreador.

Y seguirán en su búsqueda, persistirán ahondándose en sus criterios acerca de quién ha sido mientras no les hable. Continuarán siempre que no diga mi creación, la lengua de todos. Pues yo he sido.

Ya ni inscripción alguna con su subsiguiente ebullición sonora me constatará. Ni me ha embelezado jamás porque soy sordo. Lo que he hecho, a otros suspende en algarabías de deleite estético. Lo que he hecho, a mí nunca me ha sido conocido.

Aunque ya he sido biblioteca de un mundo parametrado, soy lomo ahora. No me encontrará quien no busque a la tapa blanda o dura de un libro sin título, sin páginas, mudo. A mí.

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