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14/2/08

Triangular

En mi ansioso despertar una vara no deja de mostrarse. Se acentúan y desmenuzan sus distancias representando al relativismo mediante un segmento marrón. Es de madera. Y por esto no me será útil cuando enfrente la guerra que me ha despertado como indio de la última tribu para designar su perduración o fin.

Soy el responsable de esta batalla, aunque no de la querella en sí. Soy el líder de un grupo de guerreros al que he entrenado para luchar al oír los quejidos de desgracias. Y estos bramidos, estos gritos de advertencia ya se están pronunciando.

Sin embargo, aún estoy dentro de la carpa donde resido. Es que debo partir hacia los enemigos con flechas, al menos una. Y hasta ahora sólo un trozo de madera se me presenta asequible.

Sobre el suelo, a la primera vara otra se le ha adherido. Formando dos aristas perpendiculares, acrecen y decrecen según un antojo por mí ignorado. En ellas veo un ángulo. Mientras fuera nada será visto sin filo, presumo.

Los agónicos timbres de sonido se reiteran hasta desquiciar toda mi serenidad ya perdida, ya ausente. La vocifería arroja espanto ante cada instante en que la suerte da treguas. Esta se arrepiente y se va con derrames violentos. Lo inaudito, lo feroz ya se ha apoderado de todas las tolderías. Pero sin flechas no podré combatir contra nadie.

Entonces una claridad desenturbia los ojos que mis antecesores han legado para ver un triángulo. Es una flecha. Aunque sólo vea su punta, sé que lo es. Ahora reconozco la necesidad del tiempo para que un resultado final sea demostrado. Una secuencia de aspectos.

Y cuando el hervor de belicoso puje me altera –denuncia la inmutez, vitupera la quietud- se cae la lona que había cubierto la ventana y deja libre paso a la luz externa.

Hechizado no estuve; infectado por algún brujo, menos. Tan sólo me desconcerté pues he creído ver donde no había luz y oír a indígenas donde la madrugada los resumía a simples durmientes. Es que la tenue claridad que el crepúsculo derivaba poco a poco sobre este triángulo de madera, me hizo equivocar. Pensaba que habíamos sido asediados, exigidos a guerrear. Y nada de esto pasó. Pues lo comprobé al ver hacia fuera, al ver un desierto expuesto para seguir recreándonos cuando quisiéramos.

Dada la chirriantez sonora de los gallos y otros animales, y dada mi somnolencia matinal, había elaborado una tragedia. Había pergeñado una atrocidad que sin embargo destinó una enseñanza crucial y certera como el justo lanzamiento de una flecha. Y ésta fue la doctrina severa acerca de darle un justo plazo a lo espectado, no creer lo que apenas percibimos. Pues se es necesario de un tiempo para las experiencias que testimonia un hombre.

Desde entonces y junto al triángulo de madera –resto de alguna tranquera herrumbrada y caído acá-, me he sentenciado inerte. Jamás volveré a afirmar sobre algo cuando desconozca sus etapas, cuando no sepa de su resultado final. Y tan sólo seré quien presencie estadíos en un mundo eterno con una noche que se disipa para aclararlo día a día aborigen.

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