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2/12/07

Desde la melodía escribí

Que suene

Que truene entre las columnas de los monasterios macizos el fervor relampagueante; que se inunde la copa del santuario con la segregación de mi temperamento; que callen los vocablos, los emuladores, ante el vértigo de mi sonoridad. Que suenen ritmos incompasivos, destelarañando si sistemas los contrarían. Aún cuando si sus métodos sean exhaustivos; aunque oiga de éstos un anuncio de que lloverá durante la tormenta. Sonidos de vértebras, crepitaciones de intestinos, son los ciegos vigores de mi aullido que no desespera; que se contrae para revertirse voluble mediante las extremidades. Golpetéos de mis pies. Descalzos –la piel contra el cemento- exhiben la prédica de una frase tartamuda. Frase sin mayúsculas ni minúsculas por ser una oración sin pasado ni futuro; rezo que no justifica a ningún fundador. Pues desde la inocurrencia deviene para ser transmitida por mis miembros. Fricciones de mis dedos. Las yemas contra la madera, exasperadas, reescriben un intento de ser escritor de la melodía insospechada. Renuevan, reevocan la traslación de paisajes centralizando en mi cabeza la última oportunidad de despedirme por estar convencido de que no merezco ser su autor. Con mi frente daré mis saludos. Resquebrajaré a un vidrio que me protege con iniquidad del exterior, de las tranquilas consecuciones de despropósitos. Ya, encarnando al entumecimiento, los movimientos de mi cuerpo cesan y la faena se realiza. Ya he roto la transparencia y mi pensamiento ha desaparecido tras su libre vuelo.

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