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17/2/18

Ojo vigía

Desmanes comentan inciertos;
plétoras invictas, espadas cautivas.

Mirares de desconciertos auguran una tregua.
Y, bajo la astucia de los pergaminos, su cólera derriba al náufrago.

Reconvierte su náusea, derrite su asfixia.
Y, bajo la petulancia de los austeros, la lejanía promete sus penitencias.

Mientras en lo alto reinen los cielos,
cuando amordacen la tenacidad y hablasen contra la irritación,
mientras, ¡mientras!,
vivirá todo ojo un luto sin parpadeos rotundos.  

10/2/18

Final

Penumbras de un claro cielo;
marchito rostro de lejanas apariencias.
¡Clamás herir la pérdida de un espasmo glorioso!

Penumbras de un terrestre pavimento;
preguntarás antaño por párpados sin lágrimas,
por deleites durante el tenue percance,
por pronunciamientos altaneros devaneando, ilimitarás valentías.

Penumbras sin viento.
¿Sos el día? ¿La noche?
Y callás.
¿Serás la madrugada que sin rocío descubre el fin?

3/2/18

Llamas

La llama ciega un vértice del claro;
alumbra resquicios de dudas clarividentes.

La llama muere desacatando anfitriones sin cauce;
delata, asfixia,
multilaterales conflictos persuasivos.

Y en el rincón, y en el atrio,
variedades de cobres persisten austeros.

Una llama oscurece tiránicos despojos;
y, bajo su mar, entretiene sombras hasta la próxima aparición.

27/1/18

Ave bajo las aguas

Un pájaro cae al agua. Caza peces; devora pescados entre la vorágine de erróneos cálculos.
Asimilando degluciones, aquel pájaro desnutre su tránsito bajo las aguas de ríos perniciosos. Alimenta su organismo; alimenta ese espíritu flatulento con las escamas de profundidades insapientes.
Pero al temer asfixiarse emerge aleando huellas con su vuelo inmisericordioso.
El pájaro se eleva. El pájaro intenta olvidar la fuente de su dicha carnívora. El vuela, aunque caiga, por ineficacia de sus alas mojadas, nuevamente bajo las aguas.
Pero su devoción frente a los cardúmenes aumenta; pero su interés frente a los peces se incrementa; pero su inclinación frente a sus pulmones, se deshace, mientras el ave ahueca, mientras el pájaro subsume, una inmersión infinita bajo las aguas de las continuidades.

20/1/18

Dos fortalezas

Nómadas pergeñaban atravesar los muros estridentes de los adversarios. Por más que no habitase alguien ahí; por más que imprudentes y cruentos hubieran desalojado la edificación.
Pero la fortaleza erigía mantos de un aforismo ilusorio. Detenía mirares, aunque jamás, aunque nunca, dejasen de observar.
La fortaleza ejecutaba planimetrías concéntricas derrocando plétoras de un ejército convaleciente; de un ejercito inmóvil, nulo y rapaz: los muros. Es que solamente al caminar hacia ella, el grupo de nómadas advirtió cierta transparencia.
Y la cruzaron caminando, y la atravesando viendo, en su entorno, inmaterialidades de su constitución.
Siendo una ilusión, llegaron al centro donde había una construcción semejante aunque pequeña.
La vieron; la tocaron; la movieron y analizaron. Pero ya no temieron por ésta. Ya no intentaron desafiar su compostura. Sino, decidieron abandonarla bajo los olvidos de los sedentarios.


29/12/17

Gota

Quizás fuese una manija, o tal vez una gota, quien pudiera abastecer con raciocinio al universo. O, si no, escuadrones emblemáticos o un extraño pájaro. Y, en estos tres mundos, veremos acontecer los diafragmas de lo estático.

23/12/17

El tiempo de un lago

Un lagarto pequeño simula aversiones ante la quietud temporal. Recurren, sus ansias, a desaforar milimétricos crecimientos; y, ante un lago, ante su universo, se dirige.
Intenta atravesar una laguna. Va hacia las profundidades, ese diminuto lagarto; va hacia las consideraciones de artilugios sorpresivos. Con suspenso, o sin él, arriba a la orilla opuesta. Pero sus dientes habrán acaparado, rápidamente, abismos de insolencias temporales.
Ya es un cocodrilo; aquel lagarto ya es un gran reptil y gran depredador. Es que el tiempo, bajo esas aguas, milita aceleraciones constatables. Y rehuye, y desespera, quietudes somníferas.
Algunos dirán que el lago es mágico. Otros, que resigna el tiempo sufriente hasta crecimientos de siderales cuantías. Y, el cocodrilo, aquel pequeño lagarto, además de crecer y obtener otras cualidades, esperará, deseoso, su retorno convirtiéndose en alma.  

16/12/17

Mismo cristal, mismo hombre

Condiciones vitalicias perduran en mi entorno. Accionan pesadumbres paganas; ritos donde los cristales demuestran conflictos transparentes.
Quieto, las difusas fisonomías vistas alrededor se revelan pequeñas. Nada magnifica; nada contiene, sino huéspedes de cuerpos sin venas. Quieto, dentro del cubo de cristal, se petrifican las antorchas del desentendimiento surgiendo libres durante las apreciaciones. Y nada se aleja; y nada se acerca, hasta ver una gran mano.
Ella se aferra al cubo donde permanezco. Ella lo alza, me alza. Y con precavidos movimientos me suelta hasta causar un gran estruendo vidrioso.
Aquella mano, aquel hombre, también residía dentro de un cubo de cristal y, cuando había impactado mi recinto, asimismo el de él. Ambos parecíamos ser uno. Un mismo hombre en dos tamaños disímiles.
Ambos fuimos curiosos. Ambos, equidistantes. Hasta que la marea de los olvidos nos redujo a una muerte conjunta, aunque temerosamente reiterativa.

9/12/17

Al revés

Un árbol refulgía apreciaciones inverosímiles. Promediaba el tenaz arbitrio su compostura remota; su estancamiento mágico; su desenvoltura prominente.
Un árbol creció al revés. Sus frutos y hojas bajo tierra; su cadena enramada hasta cavernas somníferas de desentierros paganos. Y, al verlo, al ver sus raíces, algunos opinaban que -frondosamente quieto- perjuraba dominios con cimientos irreales.
Quienes hubieren contemplado aquel árbol, no lo hicieron completamente. Quien hubiere desarrollado su limitada visión ante semejante destreza, no hacía más que desenterrarlo utópicamente.
El árbol creció. El árbol meció sus ramas hasta confinarse nicho de huéspedes inanimados. Pero hubo una variante, un quiebre en todo aquel dispuesto a contemplar; desde entonces alabarían raíces, solo cimientos infructíferos. Solo tierra deshecha, solo mármol de un carbón flamante.

2/12/17

Eternidad

Ante paradigmas beneméritos, se recluía la razón bajo espesas máculas mortecinas. Ante los buscadores de la verdad, de la última muerte.
Había un hombre de pie y quieto. Y hasta que otro se le acercó, no recurrió a rebusques cosmológicos. Cuando el segundo hombre le preguntó qué aguardaba, el primero sostuvo que esperara detrás de él.
No replicó. No cuestionó jamás su integridad. En cambio, arguyó estar impedido para entumecerse infinitamente. Entonces, el primero dijo que aguardaba la muerte. Prontamente llegó otro y, tras preguntar, concluyó de la misma forma que el segundo.
Aquel hombre, el primero, respondió durante consejos que reprimían su decisión. Sin embargo, la sostuvo; mantuvo una opción eficaz y atronadora: esperaba su muerte para conocer la única realidad al ser eterna y prescindir de limitaciones.