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25/3/17

Una cueva

Registra, un hombre, sus trámites favoritos. Encumbra sus gnoseologías en marcos angostos, estrechos; y, mientras quepa, avanzará más y más.
Se arrastra dentro de esa cueva. Promete ir donde no existan otras; aunque a la vez reconoce su utopía, el atrevimiento de ansiar ideales inusitados. Entonces avanza, salta, retrocede y vuelve hacia la salida. Pequeñas pausas retrucan un mutismo sideral. Pequeñas huellas soliviantan mausoléicos derrumbes. Pequeño él, aún más que la caverna, llega.
Sale hacia un llano y camina. Atrás ve un monte; delante, una sierra. Atrás, un sueño reticulante destinó donde se halla y hallará, donde está y permanecerá.
Ha llegado donde no hay cuevas. Ahí añoraba estar, olvidándolas. Desde entonces supo que su viaje había sido fructífero, pero sin retorno, sin regreso.

18/3/17

Descripto

Delante de él, la personificación del dolor espera su cuerpo. Combina sidéricas hambrunas ante el páramo de los desesperados.
Delante, el dolor se hace cuerpo; y busca, y adviene, reclamando, más corporeidades hasta someterlas.
Rodeándolo, el dolor. Allana, su materialización, movimientos para suspender consuelos y el derrame, la caída, hacia el núcleo petrificándolo.
Rodeándolo, el cuerpo ya es abastecimiento, mortalidad y devaneo obturante  nunca cediendo, sino agrupando, sino dando, mayores cerramientos combatiéndolo esclavo.

11/3/17

Hallo

Detrás de los fenómenos de los días, la escalera retoza entre barandas inofensivas. A cada lado hay una de ellas, sobre y debajo de las nubes; a cada lado se estanca, febril, el horizonte caótico.
Decido dar pasos sobre sus escalones hasta merecerla. Antes de alcanzar un descanso, mi memoria reasigna un pensamiento como conflicto. Grutas de espionajes secuestran el tránsito ascendente. El espía no cede, tampoco el espiado. Cavernas de un solo color atienen sofisterías entre cada paso dado hacia lo alto, hacia esa sumisión ultraterrenal. Hacia esa sección, orden y deslizamiento, cuando resta un solo escalón para llegar al suelo donde di ese paso ascendentemente.
Pueril vigía, certera llama, noto terminar, haber resuelto aquel conflicto descendiendo. Pero el fuego no merma, y la llama, su llama, acelera como único tramo un plano circular.

4/3/17

A través

Había visto, su querer, una inmóvil pared con su ventana. En el parque la había visto, mientras una horda de flores acampaba sin estadía previsible sobre la pradera.
Cuando había visto el muro, exiguo por su abertura, se acercó. Veía las formas, veía las siluetas hasta conformarse nudo de ovillos precipitadamente suelto aunque con títulos.
Ya cerca, notó cierta intimidación: la ventana lo miraba a él. El hombre, dubitativo, cuestionó a la ventana porqué lo observaba. Pero seguidamente, y velozmente, vislumbró una respuesta.
Aledañas imitaciones ocurrieron ahí, donde el verde césped arranca insectos, donde un naranjor como cielo crepuscula una niebla aclimatada. Y, mientras, la desolación y el silencio fueron palabras de la ventana, dichas con anterioridad a la pregunta.
El hombre se retiró, el muro cayó. La ventana se deshizo y, clamando vinculaciones, aquel vislumbró esa pregunta arcana diciéndole que nadie debía verla a través. Que solo representaría intersecciones del parque detrás, posiblemente.

25/2/17

Líquido

Sin horizontes, sin continentes, sin fondo ni superficie, los planetas del universo repetían la infamia de la inhabitación. Podría suponerse que existían los términos; que existían muros que contuvieran vida. Aunque acá, acá y allá, nada –excepto agua- desplegaba sus fauces ante dragones de fuego.
Salvo imágenes de peces en estado líquido, ningún animal vivía entre las aguas. Tampoco había vegetales ni minerales. Atenazados mediante una oscuridad absoluta, aquellos peces desprendían luminosidad en torno. Y nadaban, y buceaban y exploraban, más y más sitios queriendo alcanzar un utópico fin a ese universo.
Pero hubo un pez que viajaba solo. Y al exhalar expelió una burbuja de oxígeno. Ese pez, también transparente e irradiador de luz, murió durante sus travesías solitariamente. En vida creyó hallar otros que, aunque con otras diferencias, nutriesen la disparidad. Pero no, jamás disidencia alguna logró cautivar a quien muerto dejó su luz suspirando oscuridad.

18/2/17

Tormentas

Limpiará bosquejos histriónicos quien no haya oído el canto de los truenos. Aguará sus dudas; restregará su melancolía; vociferará su trino.
Quienes no hayan desprendido sus altos suelos desde solares ocultos por nubes, desconocerán los relámpagos de personas calcinantes. Quienes no hayan perdido siquiera una estrofa de los párrafos muertos de los heridos de las tormentas vivas, ignorarán a quienes caerán desde ellas. Solamente un atrio desenvuelve, entre montículos, un espacio para los caídos; por más que reservasen, por más que solaparan, su sangre intacta corrigiendo precipitaciones.
Entonces los truenos serán gritos; entonces serán palabras de personas. Entonces los relámpagos serán cuerpos; entonces serán figuras de personas.
Entonces, aquella lluvia humana, desbaratará cien milagros por producirse. Entre ellos la visita de algunos ángeles; y, más allá, la mezcla.

11/2/17

Dos

Dos figuras se movían sobre el fondo de las intersecciones. Presas de un furor enardecible, repetían deseos perpetuos e imposibles.
Dos figuras se acercaban, se alejaban; clamaban sus voces interdicciones plausibles. Desde sus reinos habían acudido, para satisfacer, para estigmatizar, cordones de una enemistad ya helada.
Dos figuras se acercaron y se alejaron. Una de aquellas fue el fuego, la otra, el agua.
Dos figuras prefirieron verse, durante los acechos; y alejarse, repelerse, al repetir un agotamiento sin triunfos. 

4/2/17

Reinado

Fruncían leña entre el fuego abastecido. Hacía luz, hacía destellos, esa llama jadeante provocada por aquellas personas gritándose revuelos.
Ardía la Tierra, ardía su núcleo. Desesperadamente convergía y desenvolvía iluminándolo todo. Es que la fronda y ramas de los árboles se veían blanquecinas. Es que el suelo, los lagos y el mismo espacio entero quedó iluminado. Es que el fuego de esa fogata, sus llamas, aturdían con luz blanca alcanzándolo todo con bravura incontenible.
Y la iluminación se impregnó en los objetos, y el blanco obturó otros colores -si él lo era-. Y las curvas, y las rectas, sembraron huellas para una cosecha geométrica.

Y nadie lo supo, nunca; nadie se enteró que aquellas personas eran Dioses; y, así, su fuego.

28/1/17

Memoria

Transcurría, un hombre, una senda decorosa. Propiciaba ilimitar el recuerdo; prometiendo de esa forma, aniquilar cuanto olvido sobrellevase.
No había sido un caminar prolongado ni atiborrado con descansos. Sin embargo hubo uno, un detenimiento, una serena contemplación. La mediatez con que se evidenció esa determinación por inmovilizarse, prefirió ser cauta, anheladora de presagios; la inmediatez con que se delimitaron los tiempos y espacios enfrentó huidas pecaminosas hacia un cielo revelador. Y, aunque se toleró el hito del caminante, los objetos no hicieron más que mirarlo.
El banco desoye el parlamento de los edificios restregando ruido hacia las otras construcciones humanas. El piso, ese suelo que lo contuvo, nota qué ha observado, qué ha visto, quien, sólo ufanando, atrae todas las consciencias hacia sí; todas las consciencias de los objetos.
Y al retirarse, una figura corpórea, donde él había caminado y detenido, permanece. Durante sus pasos, durante su quietud. Solamente los objetos ven esa reiteración que como relámpago destierra asombros desde las fosas con penitencias arcanas. Solamente los organismos sin vida ven; sus recuerdos, sus repeticiones una y otra vez solidificándose perennes.

21/1/17

Flor

Imperaba con certeza aquella flor. Deviniendo desde un tallo hacia su minuciosidad aérea, venía a propiciar su permanencia sobre cierta altura.
El sol, el día, hacían de la flor un acuario de horizontes reflejándose curvos. Un temido abandono; un pavoroso dormir. Es que ella se abría, y ofrecía su plenitud ante los aires benefactores con sus argucias. Y ante la iluminación del astro dormía, abierta, hasta que durante la noche se cerraba y despertaba.
Vigilia áspera convertía la noche, la luna, en un frenesí de imágenes descompuestas. La flor, cerrada, ya había dado su vulnerabilidad al sol que, meditándolo todo, decía, planificaba y enseñoreaba tallos y hojas sosteniendo.
Durmiendo bajo el sol diario, despertando ante la noche; abierta, ostentando su vulnerabilidad, cerrada y custodiando sus extremos, la flor ahuecó, sinceró y crepitó, lo inspirado.
Ya no volvería a ver el astro, ya solo vería la luna; ya impensó una ficción, cruda y emblemática; ya nunca interpretaría otra variante.