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18/2/17

Tormentas

Limpiará bosquejos histriónicos quien no haya oído el canto de los truenos. Aguará sus dudas; restregará su melancolía; vociferará su trino.
Quienes no hayan desprendido sus altos suelos desde solares ocultos por nubes, desconocerán los relámpagos de personas calcinantes. Quienes no hayan perdido siquiera una estrofa de los párrafos muertos de los heridos de las tormentas vivas, ignorarán a quienes caerán desde ellas. Solamente un atrio desenvuelve, entre montículos, un espacio para los caídos; por más que reservasen, por más que solaparan, su sangre intacta corrigiendo precipitaciones.
Entonces los truenos serán gritos; entonces serán palabras de personas. Entonces los relámpagos serán cuerpos; entonces serán figuras de personas.
Entonces, aquella lluvia humana, desbaratará cien milagros por producirse. Entre ellos la visita de algunos ángeles; y, más allá, la mezcla.

11/2/17

Dos

Dos figuras se movían sobre el fondo de las intersecciones. Presas de un furor enardecible, repetían deseos perpetuos e imposibles.
Dos figuras se acercaban, se alejaban; clamaban sus voces interdicciones plausibles. Desde sus reinos habían acudido, para satisfacer, para estigmatizar, cordones de una enemistad ya helada.
Dos figuras se acercaron y se alejaron. Una de aquellas fue el fuego, la otra, el agua.
Dos figuras prefirieron verse, durante los acechos; y alejarse, repelerse, al repetir un agotamiento sin triunfos. 

4/2/17

Reinado

Fruncían leña entre el fuego abastecido. Hacía luz, hacía destellos, esa llama jadeante provocada por aquellas personas gritándose revuelos.
Ardía la Tierra, ardía su núcleo. Desesperadamente convergía y desenvolvía iluminándolo todo. Es que la fronda y ramas de los árboles se veían blanquecinas. Es que el suelo, los lagos y el mismo espacio entero quedó iluminado. Es que el fuego de esa fogata, sus llamas, aturdían con luz blanca alcanzándolo todo con bravura incontenible.
Y la iluminación se impregnó en los objetos, y el blanco obturó otros colores -si él lo era-. Y las curvas, y las rectas, sembraron huellas para una cosecha geométrica.

Y nadie lo supo, nunca; nadie se enteró que aquellas personas eran Dioses; y, así, su fuego.

28/1/17

Memoria

Transcurría, un hombre, una senda decorosa. Propiciaba ilimitar el recuerdo; prometiendo de esa forma, aniquilar cuanto olvido sobrellevase.
No había sido un caminar prolongado ni atiborrado con descansos. Sin embargo hubo uno, un detenimiento, una serena contemplación. La mediatez con que se evidenció esa determinación por inmovilizarse, prefirió ser cauta, anheladora de presagios; la inmediatez con que se delimitaron los tiempos y espacios enfrentó huidas pecaminosas hacia un cielo revelador. Y, aunque se toleró el hito del caminante, los objetos no hicieron más que mirarlo.
El banco desoye el parlamento de los edificios restregando ruido hacia las otras construcciones humanas. El piso, ese suelo que lo contuvo, nota qué ha observado, qué ha visto, quien, sólo ufanando, atrae todas las consciencias hacia sí; todas las consciencias de los objetos.
Y al retirarse, una figura corpórea, donde él había caminado y detenido, permanece. Durante sus pasos, durante su quietud. Solamente los objetos ven esa reiteración que como relámpago destierra asombros desde las fosas con penitencias arcanas. Solamente los organismos sin vida ven; sus recuerdos, sus repeticiones una y otra vez solidificándose perennes.

21/1/17

Flor

Imperaba con certeza aquella flor. Deviniendo desde un tallo hacia su minuciosidad aérea, venía a propiciar su permanencia sobre cierta altura.
El sol, el día, hacían de la flor un acuario de horizontes reflejándose curvos. Un temido abandono; un pavoroso dormir. Es que ella se abría, y ofrecía su plenitud ante los aires benefactores con sus argucias. Y ante la iluminación del astro dormía, abierta, hasta que durante la noche se cerraba y despertaba.
Vigilia áspera convertía la noche, la luna, en un frenesí de imágenes descompuestas. La flor, cerrada, ya había dado su vulnerabilidad al sol que, meditándolo todo, decía, planificaba y enseñoreaba tallos y hojas sosteniendo.
Durmiendo bajo el sol diario, despertando ante la noche; abierta, ostentando su vulnerabilidad, cerrada y custodiando sus extremos, la flor ahuecó, sinceró y crepitó, lo inspirado.
Ya no volvería a ver el astro, ya solo vería la luna; ya impensó una ficción, cruda y emblemática; ya nunca interpretaría otra variante.

14/1/17

Sobrevivencia

Ante el término del universo, lo abstracto redunda hasta eternizarse. Podría resguardarme y alertar; podría irme hacia mí mismo nacimiento, aunque olvidara, por más que perdiese, salutaciones como despedida.
Entre vaguedades, acuden imágenes del sol acabándose, y del aire deshaciéndose. Pleitos sucumben frente a irradiaciones del final, aunque cada estrella comenzara a caerse durante un sinfín de cosmos desaliñados.
El sol se extinguió. La oscuridad salió de su nido para acobardar millares de pájaros temiéndose. Mientras el aire se expandía hasta perderse, mientras ese oxígeno mudaba a líquido hasta acostumbrarnos acuosos.
Recuerdo el sol irse durante la desolación de cada pulmón contrayéndose. El agua clara se pierde y, bajo la determinación que permite solamente recordar, remembranzas quebradizas traen la imagen de tu inmortalidad.

7/1/17

Hacia el fin

Caigo irrefrenablemente sobre el hielo. Cuanto cada una de mis extremidades reza por aferrarse a la pendiente, un destino inapropiado urge enfadándose.
Hay un lago al terminar la caída; uno esperando, uno sediento de la única carne que ve, ha visto y verá desde el inicio mismo del goteo conformándolo.
Habrá un lago sentenciándome sagaz; aguardará este impulso para detenerlo con aullidos de agua revuelta, aguardará diciendo que esquive, que no hunda, que no moje mi cuerpo áspero.
Hay un lago carbonizando heridas utópicas. Ahí caigo y, conmigo, saldos de un inesperado jardín desde la cima prometiéndose.
Por la avalancha caigo, ahí, en ese lago. Por la avalancha caigo, y retengo, y maniobro, un destino paradisíaco según es el único otorgado.

31/12/16

Sujeto

Viendo lo mismo sobre sí, él hacía cuestionamientos descifrados por vialidades. Hacía menoscabo de su furia, de su espera y de sus rechazos; él caminaba continuando un sentido, una dirección, un sendero, un solo apocalipsis.
Aquel quien por sus manos intuyera más revelaciones que labores, lo ignoraría. Aquel quien subestimara cuestiones de aferramientos cósmicos durante la batalla del rocío, anhelaría un vejamen corporal. Pero él, este hombre, cantó para desprenderse del universo; de las nubes, estrellas y cielo adosados a su vista.
Es que cuando él caminaba, los mismos objetos astrales lo perseguían. Sin poder despojarse y siempre viendo lo mismo, caminó, caminó hasta ufanar otras perspectivas.
Pero el cosmos lo soltó, y él cayó hacia las profundidades bajo un suelo de vaho crepitante. Y él cayó hacia lo oculto, hacia lo inenarrable: él cayó, y el cielo declaró seguir abatiendo impaciencias.

24/12/16

Juramento

Aseguró, siendo fiel presagio, vengarse. Lo hizo durante el último bombear de su corazón; lo hizo mientras el estampido, el latigazo sangriento se echó entre las arterias, bajo la piel.
Luego de morir su cráneo fecundo temió horadar las profundidades de la tierra, de esa arena donde él había perdido la batalla, la deshonra, la guerra y su consiguiente paz. Laceró, su cuerpo, la multitud; y sin librarlo con un ápice de sutil fiereza, lo domaron hasta retorcerlo.
Cuando feneció le hicieron una estatua de piedra. Ella estranguló sus cicatrices y llagas hasta depararlo de pie en frente de la muralla lejana. Y la estatua fue venerada, sí, elogiada y atestiguada por todos.
Entonces, aquel hombre antes de morir, había jurado vengarse.
La piedra de la estatua comenzó a erosionarse. Se derritió la pintura atravesando dispares crepúsculos diseminados. Y la venganza se preparaba, mientras, hasta socorrer con ese polvo arenoso cada pulmón hasta hendirlo. 

17/12/16

Adorno

Revivía espasmos añejos, quien en plena libertad solidificaba partes de cristales sobre su piel. Uniendo uno al lado del otro, durante momentos temían perderlo de vista; aunque brillase, aunque bajo el día apresurado, rindiera máculas de vaporosas despedidas.
Lo hacía en su total libertad. Era libre y, postergando escapismos hacia montañas delicadas, lo repetía. Obtenía el cristal de las cavernas. De las profundidades de cuevas emergía con sus diamantes y rubíes. Y se los adosaba, y los lucía, y los admiraba.
Pero prontamente comenzó a despertar apuestas. Algunos se inclinaban por arrojarlo al río para que se hundiese y se olvidara convirtiéndose en trajinoso tesoro; otros pensaron en venderlo, sí, en darlo ganando una gran suma de oro a cambio.
Mientras, aquel hombre de los cristales, trató de huir, de fugarse, de escapar lejos; hacia el desierto quizás, hacia el interior de una caverna tal vez.
Cuando aquel hombre fue apresado, pensó en que sería un esclavo, él, quien siendo libre se hubo transformado en un adorno ostentoso.