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3/12/16

Cayendo

Multitud de rocío, de agua, de lluvia, caía. Desesperadamente se veía cada gota frente a otra; a veces uniéndose, a veces chocándose, a veces extinguiéndose.
Muchas gotas caían frente a los árboles. Elaboraban un rito con su tráfago, un desfile pululante; un verso, esgrima, hierro y espuma. Un ritual, con su tráfico mediante, pulía razonares hasta vejar toda sequedad y hundirla con gotas desde los cielos vertidas.
Multitud de tormentas desbandaron la quietud termal de la plaza de los valores quiméricos. Intentando desafiar las inmuteces, prefirieron golpear cada llano espacio. Cada vínculo, cada espasmo inquieto abordaba a tientas moleculares sitios hasta mojarlos, hasta humedecerlos bajo imperios de delatores del ocaso.
Y, mientras la lluvia cayó, una gota murió. Se detuvo entre los aires quedando suspendida durante la eternidad de la batalla del agua. Llovió, y, tras el aguacero, aquella gota permaneció sobre las alturas ostentando carencia de vida, ignorancia de otras existencias y otras caídas; caídas con peso, mientras ella, la gota, había muerto.

26/11/16

Color

Operan, las extremidades, en ciertas variantes espaciales.
Sería un defecto si no contribuyera otro vacío a ser ocupado; a ser inserto, oblicuo y pernicioso, dentro de los ámbitos de los utilitarismos.
Desde el erguimiento de los cuatro muros, él camina notando los colores, sus colores, los adquiridos por paredes de prolongada altura. Adivina sus nombres y características. Cree en las rutinas por adornarlo todo hasta la aparición de un visionario: quien vislumbrase una experiencia distinta.
Quien vaticinara la existencia apenas oculta de los colores, admiraría sus extensiones; sus acercamientos y adueñamientos, sus dones, su escurridiza creencia y plenitud. Entonces, quien hallara tanto milagro como sorpresa, palparía el otro espacio, la otra habitación, y el otro recorrido.
Los colores se habían separado de los muros. Podían verse, palparse, y comprenderse siempre que se aceptase otra espacialidad conviviendo con quien los descubriera.
Los colores se habían ido para no regresar. Se habían ido para pertenecer a los vientos, y transitar, sobre los aires, espacios hasta ocuparlos, transgredirlos y colorificarlos.

13/11/16

Tren conductor

Tren conductor: un tren atraviesa el diámetro del planeta. Algunos pasajeros ingresan, y permiten, de esta manera, demostrar sus características.
El ciudadano, la ciudad
La ciudad, el ciudadano: dos arañas y una ciudad bajo el agua, omiten plegarias ante sus deseos.

12/11/16

Respiro

Respiro; sobre las aguas de la laguna, respiro aireadas de claroscúricos enjambres variando. Pero mi intención es descender, ir debajo del líquido, ése, el que abruma con su asfixia.
Inhalo, exhalo. Inhalo, mientras carboníferas dilataciones emanan desde cúbicos residuales aquejándose lujuriosos. Exhalo, cuando todo lo visto es comprendido, cuando todo lo oído es atendido. Y, lentamente, el agua comienza a cubrir todo mi cuerpo.
Y, al ubicar mi cabeza bajo la superficie, sopesan catadurías extravagantes un consuelo por permanecer vivo. Vida que pronto sugiere extinguirse, latir, siendo lo último, latir más allá de las exigüidades.
Pero logro permanecer vivo; aunque temiera fenecer bajo presiones. Y noto, y advierto, que la compostura del agua varió, que ya no requiere branquias, que es aireada para mi título pulmonar.
Durante una travesía elocuente, al descender apenas, respiro bajo las aguas. La permeabilidad sujeta bruscos cabotajes de trópicos perdiéndose, mientras yo, al respirar, auguro la transformación de los mundos, o, al menos, de los entornos si es que no fuesen lo mismo.

5/11/16

Luz

Corría, caminaba. Corría hacia la luz, aunque no llegaba; aunque no la alcanzaba por más rumia de entumecimientos habidos durante ciertos aquietamientos.
Veía una luz, dispar, disonante y crepitante. Veía una luz delante y caminé hacia ella. Mientras lo hacía recordaba eternidades de oscuridad llovidas sobre el árbol del tiempo; sobre mí, sobre ese claustro estremecedor dictado con palabras mudas de un razonamiento incongruente. Y soñé con atravesar la luz, o ingresar, tal vez, y dado ese soñar estremecí la puerta. Y entré.
Velozmente, al entrar, salí.
Rápidamente, cuando atravieso la luz, llego a un páramo con sombra, sin luz; aunque al voltearme y ver hacia atrás viera luz, la misma que hube cruzado.
Desde entonces recuerdo sueños de reiteraciones paradigmáticas. Rememoro delaciones con atrevimientos singulares; rememoro un paseo, rememoro un rocío. Y, desde que recuerdo, recapitulo obnubilaciones de tiempo, de espacio, aunque temiese, por más que supusiera, ajenas a la luz esporádica.

29/10/16

Ida

Da pasos, se vierten; camina, un animal, saliendo del lago. Frecuenta frío, frecuenta humedad, pero se dirige hacia un brioso organismo, hacia el desierto para luego regresar.
Aquel animal sutura patrimonios de sagrados conciertos desenvolviéndose ante la arena. Teme secarse, teme que se evaporara su piel y pelaje. Teme, aquel animal, una ida sin retorno cuando avista, cuando preludia, el vasto asfixie de sus futuros suelos comprometiéndose.
Se incendia. Busca agua; no la halla. Bajo el sol astral tiñe coloridades hasta semejarse a nubes jamás existiendo, a suelos siempre sedientos. Y camina, aún; y segrega, mientras, ansias por hundirse en el infierno de ese fuego.
Ya opaco, se dirige hacia el lago, sus aguas. Permanece paralelo al camino inicial, hasta su sentido. Pero esta vez no percibe calor, no se nutre del acuciante desmiembre solar impartiéndose dentro de su sien. Y llega.
Esta vez desciende en el lago, aunque sin mojarse; esta vez mueve sus branquias, aunque sin respirar, esta vez, sólo esta vez, desde aquella cuando murió en el desierto.

22/10/16

En el espacio

Orbitaba ignorando pesares de otros planetas heridos. El, ese hombre, se trasladaba desde un extremo hacia otro consultando, midiendo, geologías distantemente.
Pronto se dirigiría hacia algún mundo. Pese a que aún ignorase hacia cuál, permanecía en el espacio observándolos. Podía verlos a todos, a todos podía contemplar y escrutar –con arduo análisis- hasta elegir, derramando dudas dentro de la caldera de los azares, hasta optar. Y miraba, y expectaba silenciosamente ante el eterno ojo del universo plañidero.
Y había decidido, entre todos, por el de mayor tamaño, por el de mayores dimensiones. Ese respetaba sus ambiciones y no las codiciaba. Ese deslumbraba por sus satélites por más que su núcleo los acercara. Ese era el planeta, el de mayor tamaño, para él, para que ahí fuese un Dios, su Dios; y recrear, y propagar su autoritarismo en torno.
Pero, aquel hombre que vivía en el espacio, no había nacido ahí. El era oriundo de otro planeta, de otro de menor tamaño; y ovalado, y circunspecto en delicias dadas a él. Y era diminuto.
Aquel futuro Dios había optado, y, durante ese resplandor, hubo olvidado.

15/10/16

En movimiento, quietos

Un millar de hombres constituía un mural. Quitaban pavores ante refugiados de otra especie; quitaban temores y, bajo sus pies, cien formas divinas estereotipaban consuelos.
Cuando ese grupo había sumado un millón, decidieron acatar leyes impostergables de sus ansias: decidieron fundirse.
Uno al lado del otro, y en movimiento, caminando hacia una dirección unívoca, formaban un muro. No resultaba demasiado elevado, ni regular en su altura; pero sí distante oblongamente. Uno al lado del otro lo había hecho, tras un mero diseño desde los antojos de un singular equipo arribando. Y poco caminaron, poco recorrieron, antes de descomponerse.
Desde entonces solamente conforman un muro permaneciendo uno al lado del otro; aunque sin moverse, aunque sin caminar. Quietos hasta el entumecimiento más precoz, lo mantienen. Y también con criterio devenido desde ese equipo de sujetos; equipo del que formo parte, equipo cuya membresía copa todas las dudas que pudieran ofrecerse ante mi lealtad. Y la pregunta, su pregunta acerca de qué representaría la humanidad: un avance o una quietud en su espíritu.
Ya que debo constatar el resultado, deduzco que ambas circunstancias, que ambas clases de muros –el quieto, el móvil-, no interfieren en sus aspectos, aunque sí en sus direcciones. Unas veces interfiriendo el paso, otras permitiéndolo.

8/10/16

Asimilable

Separaba, la materia, lo sólido ante sí. Crepusculaban expectantes maniobras para revelar los límites, las finitudes, de cuanto material diletaba.
Así, de esta misma forma, este mismo principio había sucedido desde el inicio. Desde los orígenes del universo, del mundo, del hombre, había acaecido este axioma. Y había un sujeto que lo notaba hasta paralelizarlo ante columnas de un volcán deforme. El consideraba la posibilidad de atravesar las sustancias sólidas, como las líquidas, como las gaseosas; él remitía todo acuerdo divino improlongablemente, hasta subsanarse, hasta culminarse, el atrevimiento dicho por la materia cuyas pautas fueron impedir su cruce.
Había un bebedizo, decían; había una bebida capaz de permitirlo a quien o quienes la ingirieran. No exigía nada a cambio. Es más, daba tempestades de experiencias, tramiteos confiables y hasta un término del efecto mediante su remedio, su cura, mediante otro bebedizo opuesto al primero.
Ese hombre buscó la bebida. Ese hombre la bebió, completamente, la incorporó a su organismo. Y ese hombre vivió centurias aplicándose a doctrinas que permitían los atravesamientos materiales.
Cuando aquel hombre saltaba, se dirigía más allá de los cielos pero al caer iba más allá de los suelos. También cruzaba paredes, frutas, vehículos y sentencias. Y al intentar deshacer ese fenómeno, buscó el bebedizo opuesto; lo encontró; lo ingirió pero ya había transcurrido demasiado tiempo: no lo pudo asimilar quien, ya pronto a mimetizarse con todo sólido, vio ese líquido cruzar, vio ese vidrio estallar y su cura impronunciarse.
Quien hubo asimilado el universo y sus elementos, no pudo adquirir los permisos y condiciones del otro bebedizo. Así atravesó diversos aspectos de la materia, sin piedad, sin misericordia, hasta desear horadar los agujeros mismos.

1/10/16

Superficie

Del terrario pende magia sobre los algoritmos de la razón. Por estar encerrada entre vidrios; por verterse hacia el mundo singular, su tierra demuele callada aunque dentada.
Antes de quebrarse, en el terrario convivía una superficie cuyas grietas eran sus venas. Semejaba cinturones de estalactitas partiendo al único corazón terroso existiendo ahí. Ahí donde se presagiaba un desarrollo, ahí donde se auguraba un desplazamiento más allá del perímetro rectangular.
Y el terrario se cayó, y se rompió, y sus vidrios ya idos permitieron el auge de la superficie, su infinita extensión.
Desde entonces toda superficie tiene sus venas. Perceptibles o no, dotan con bríos insubestimables a esa membrana alternando suposiciones con querencias. Desde entonces, y desde siempre, se coteja una superficie viva, respirando este mismo aire.
Entonces sé, entonces puedo aseverar, que esa misma superficie sostiene –decidiendo dónde presentarlos- los varios horizontes. A través de pronunciables distancias se ven, aunque jamás se alcancen, aunque nunca sean apropiados, sobre la membrana al menos son visibles.
Dirán que su sangre lo hace posible. Que metas incorpóreas resumen gratitudes evidenciando límites, que desquites mortíferos proliferan siendo meras apariencias. Lo dirán, aunque no, lejano  horizonte como el mismo suelo respirando.