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9/12/17

Al revés

Un árbol refulgía apreciaciones inverosímiles. Promediaba el tenaz arbitrio su compostura remota; su estancamiento mágico; su desenvoltura prominente.
Un árbol creció al revés. Sus frutos y hojas bajo tierra; su cadena enramada hasta cavernas somníferas de desentierros paganos. Y, al verlo, al ver sus raíces, algunos opinaban que -frondosamente quieto- perjuraba dominios con cimientos irreales.
Quienes hubieren contemplado aquel árbol, no lo hicieron completamente. Quien hubiere desarrollado su limitada visión ante semejante destreza, no hacía más que desenterrarlo utópicamente.
El árbol creció. El árbol meció sus ramas hasta confinarse nicho de huéspedes inanimados. Pero hubo una variante, un quiebre en todo aquel dispuesto a contemplar; desde entonces alabarían raíces, solo cimientos infructíferos. Solo tierra deshecha, solo mármol de un carbón flamante.

2/12/17

Eternidad

Ante paradigmas beneméritos, se recluía la razón bajo espesas máculas mortecinas. Ante los buscadores de la verdad, de la última muerte.
Había un hombre de pie y quieto. Y hasta que otro se le acercó, no recurrió a rebusques cosmológicos. Cuando el segundo hombre le preguntó qué aguardaba, el primero sostuvo que esperara detrás de él.
No replicó. No cuestionó jamás su integridad. En cambio, arguyó estar impedido para entumecerse infinitamente. Entonces, el primero dijo que aguardaba la muerte. Prontamente llegó otro y, tras preguntar, concluyó de la misma forma que el segundo.
Aquel hombre, el primero, respondió durante consejos que reprimían su decisión. Sin embargo, la sostuvo; mantuvo una opción eficaz y atronadora: esperaba su muerte para conocer la única realidad al ser eterna y prescindir de limitaciones.

25/11/17

En busca

Hallar un hueco tal vez significase una ruptura. Hallarlo; circunrodearlo con ambas manos hasta perderse en una búsqueda cognitiva. Hallarlo, desmitificarlo.
Mientras un hombre intenta atravesar un muro, encuentra un hoyo. Persisten sus divagaciones hasta colmarlo con esperanzas utópicas; malheridas, insanas y reprobables. Mientras el hombre quiere atravesar una pared errabunda mediante un examen portuario.
El halla un hueco, pero adentro hay otro. Quizás su desazón invadiera pesares en su conducta provisoria; tal vez su exploración ufanase límites para verificar, para rectificar, fronteras, aunque también fuera probable que desmayase ante las puertas del conocimiento.
Es que él, al hallar un hueco, inmediatamente descubre otro. Así amplía, su percepción, ámbitos sin escape alguno. Sin regreso, sin retorno. Así, él perderá su existencia vital. O quizás, durante todos los hallazgos de huecos en el infinito, el desgano aproximara -detalladamente- su búsqueda insistente aunque jamás momentánea.

18/11/17

Oxido

Un ferroso hombre contribuía a desenmascarar caídas desde las nubes. Las creía presurosas; faltas de significado y azarosas. Hasta que se asimiló a ellas.
Al habitar una nube, el hombre de metal cayó sobre la superficie del mundo. Sujetó una calvicie iracunda; hermanizó témpanos vacuos, hasta irradiar, moviéndose, estacas en un lago grandilocuente.
Mientras caminaba sobre la tierra, las lluvias lo oxidaron poco a poco. Inundado de rojizos colores, prefirió volver, retornar, regresar hacia la nube donde cotejaba.
Y fue entonces que lo libró un gran viento, y fue entonces que éste lo condujo hasta los cielos.
El aguardó ahí. El obtuvo bríos suficientes para comprobar la rotundez de los descensos. Pero detuvo su ímpetu ante la caída de sus oxidados miembros.
Y fue entonces un desterrado más, expulsando pieles hasta la putrefacción del mundo.

11/11/17

Testigos

Senilidades de cuerpos plegantes, evocaban. Un libro muerto; un libro añejo, corrompía conciencias en el resto de los hombres.
Leía él. Las sílabas abrían caóticas y siniestras súplicas desde el papel exhausto; simulaban conformismos de querellas imbatibles. La salud, la bienaventuranza del escritor, padecía síntomas inquietos adoleciendo plurales acometidas.
Y, mientras aquel leía, las palabras atravesaban su lógica deparándose en otros, en muchos, en todos. Y aquellos pedidos de socorro se adosaban a cada uno de ellos haciéndolos testigos de anteriores pérdidas.
Las oraciones copaban otras conciencias, y, él, decidió leer infinitamente párrafos de un anciano desconocido. Hasta su muerte.

4/11/17

Naturaleza

Intentarán predominar los hombres frente al caos. Hechizarán plantaciones naturales hasta que el mismo brujo delatara su convivencia; y ríos, y vegetación, y tormentas, dilapidarán acechanzas vulnerables.
Hombres como vigas, hombres como columnas. Sin muros -ni pisos ni techos- ellos estructurarán un edificio consternado. Sus huecos permitirán el avance de los vientos y las aguas; sus huecos satisfizarán toda embestida de la naturaleza agobiante, durante su ataque, durante su dominio.
Pero la hegemonía será perpetua. Sin prudencias desharán cada brazo y pierna aferrado a otro en un vano intento por sobrevivir esos inconvenientes.
Sin prudencia lo han hecho; sin detalle lo experimentarán. Sin certeza. Sin sapiencia. Sin su yugular verán el mito en su sangre demandándolo todo.

28/10/17

Durante la ceguera

Vientos con instinto volcánico, enseñan. Bajo la bóveda cada movimiento es instrucción; es aprendizaje, es diurna y nocturna vigía para los fines de las penurias.
Cuando los aires se mueven, corrigen a las nubes. Ellas no dirigen su destino: rige el viento la ruta comprensible. Cuando los aires se mueven, gira, se adelanta, se cae, cada nube. Y entre ellas, al caducar su querencia por mantenerse en lo alto, se convierten en neblina.
Los hombres observan. Miden. Algunos repudian mientras otros veneran. Aunque el deseo de la niebla -ya sobre los suelos- es enseñar experiencias donde los vientos se desenfrenan.
La niebla oficia implementando una ceguera; condición por acumulación dentificada entre ruedas de un sonido displicente. Ella rodea a los hombres. Ella crea conflictos. Ella propugna que, durante la ceguedad, hay videntes, hay ojos dados por el viento reprobando todo anquilosamiento.

21/10/17

Hombre pasto

Cotejaba disecciones bajo la tierra de una pradera. Entumecido, temía elevarse, el hombre de pasto bajo la clemencia de los cielos inusitados.
Abría un ojo, abría otro; durante eternidades había estado sumergido bajo el césped. Ahí había nacido, ahí su vestimenta había sido siempre verde. Y, mientras cacofonías disidentes temblasen en torno, intuía que devenían desde otros sitios.
Aquel hombre quería conocer. Quería saber qué había sobre él y en sus alrededores. Quería erigirse. Quería caminar, saltar y, durante un broncíneo espectáculo de pasto, asemejarse a los árboles. Y, cuando su cuerpo se sostuvo verticalmente, vio al sol.
Estrépitos de máculas cimarronas atosigaron su cuerpo. El astro volcó su fuego hasta que bebió la savia roja de sus huesos de tallos. El cielo detuvo miradas con nubes carboníferas. Y el llanto del hombre pasto, y sus anhelos, se transmutaron en una huida bajo la superficie. Donde había aceptado un sitio afín y posible.

14/10/17

Un mundo circular

Peldaño a peldaño, él se mueve alrededor de la esfera. Estrategicamente, la escalera rodea el mundo, los arbitrios y destinos de todos los hombres.
El asciende; él desciende. La atroz marcha lo depara a permanecer en un mismo sitio, en un mismo espacio: el mundo rota. El cree; él descree. La circunvalación conjeturable procura presiones en un mismo nervio caótico.
Al andar en la escalera, paulatinamente, admite rigurosidades por una decisión optada; por anotaciones que su consciencia le transmitía.
El había dejado a su Dios, él había merecido el uso de la escalera circunrodeando el mundo. Ahora, él busca seguridades perdidas, seguridades que sus creencias antiguas le habían ofrecido. Ahora, su aventura emite desesperación; ante el sutil anhelo de hallar un espacio resguardado, ufana, suspira, e, iluso, se detiene sobre los escalones de posibilidades inaceptables.

6/10/17

Contemplación

Deletreaban orificios de aguas cayendo. De aguas horadadas, aquella multitud, al refugiarse y dialogar con la supuesta desgracia.
Solía llover; solía clarearse; solían aguaceros; solían claridades, al ver aquella atmósfera. Y nadie permanecía fuera. Nadie espectaba aquellas mareas carcomiendo suelos durante un verídico triunfo modesto.
Y la tormenta caía, y la tormenta cesaba. Y la multitud, en vez de auscultar cada arbitrio celestial, huyó. Pero en la frontera de los vientos exigió agua, pidió beber.
Ninguno supo que aquellas lluvias deleznaban las decisiones, y tomaron sus almas, y, sin otro hombre vivo, no se detuvieron.
Ninguno supo que aquella agua era divina, ni que había optado por quitarlos. Ninguno avistó la cola del escorpión venenoso construyendo una estatua que relatase su vínculo con la contemplación. Envenenamiento predilecto dentro de una multitud durante su éxodo.