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27/8/16

Huracanización

Envuelvo todo lo que ante mí aguarda. Envuelvo elementos vivos, elementos muertos; quito la más prudente hoja de la planta más feroz.
Formando un círculo alrededor de mi paso, dejo cicatrices lavadas con el polvo de una roca. Pasos certeros, pasos conformes a quien desde alturas demuele librando objetos para caer.
Aceleraré mares, prodigaré encierros y veré la destrucción de mi existencia dándose cuando atraviese espacios dolientes con la única mano sedándolos. Y aterrizaré, descenderé para luego volver hacia mí, hasta mí, hasta mi elevación usual donde reino, mando y dirijo cuanto huye, cuanto atrapo.
Formando aquel círculo nivelo las antorchas de las carreras más injustas; las carreras para sobrevivir y establecerse, la carrera que siempre hacia un final corre tropezando con la misión como idea.
Era un huracán, y seguiré siéndolo. Era un huracán viviendo la valentía de mis presas. Era un huracán horadando su último camino, su última imposición, su última postura ante siniestros destinos.

20/8/16

Derritiendo

Sembraba, el derretimiento pleno, con desplazamientos inoportunos. Aquella agua que había sido nieve, movía su abdomen, piernas y brazos hacia la extremidad de las cegueras.
Cuanto había caído siendo nieve se había convertido en agua; ésta se había dirigido a través de todo lo llano y toda pendiente hasta colocarse inmóvil como referente de su accionar. Cuanto había caído había sido blanco que, luego invisible, hechizaría, con varas terrenales, osadas regiones de un nombre exhaustivo. Quien mirase socorrería mentores ciegos hasta elevar exámenes de jovial tesitura; quien mirara suspendería tráfagos adueñándose de todo precipicio, verdad y postura de los dueños del complejo versátil.
Y se adelantaba, y regresaba; se desplazaba sobre llanos horizontes hasta pender desde huellas con páramos estáticos y avanzar –derritiendo- su entorno.
Es que primero nevó, y después fue correntada acuosa; pero siempre, desde inicio hasta fin, derretimiento. Y derritió casas, y derritió organismos vivos, y derritió la columna de los paraísos sostenidos. Y fijó, y sentenció, ser único cadáver perdurable frente a un derretimiento, el fuego insospechable.

13/8/16

Desértico océano

Vacío; tan respetable por evasivo es el desierto, así el océano. Al recrearlos, al identificarlos, al morderlos con el mortecino diente de la conceptualización, se detienen para caer y suspenderse sobre la avenida sin nombre de los vanos trayectos.
Consumen días arbitrando su despotismo tanto el desierto como el mar. Rumian tenaces las veredas de lo recóndito y asfixiante; lo insuperable, lo aleccionador e intimidante: lo perpetuo.
En un solo día se verán gotear multitudes sobre aguas, ya venidas corriendo desde el desierto, hasta colapsar innúmeras valentías de cuerpos decrepitándose tras revelarse finitos. Aquellos mantos de agua atraerán serpenteando multitudes; aquellos arenales sedientos harán crepitar con fuego de moribundo cordón inequívoco a los hombres, al ejercitar, al verterse y platicar acerca de un mismo concepto polarizado.
Pero no todo fue apreciado por los ojos de fieles sin creencias. No fue vista la gruta. Entonces, mientras la nieve continúa cayendo, se eleva ascendiendo místicamente hasta poder ser nombrada. Hasta poder ser titulada, tal vez en semejanza con otro sitio, hasta poder ser conceptualizada siendo carbón blanco.

6/8/16

Héroe

Recordaba haber combatido, y haber vencido. Recordaba que no había sido su guerra por más que hubiese estado en ella; aunque la tramitase siendo esfinge hercúlea y perito, personaje y referéndum de cuanta muerte ocasionara.
Solamente remembranzas alcanzaban días y noches desolando todas sus variantes, su sol, su luna, todo vestigio madurando perpetuo. Cada vez que notaba haber sido el único sobreviviente, un imperio de agonías clarividentes esfumaba detrimentos de soledad ferrosos. La caída de la luz, su vértigo promoviendo la venida de la oscuridad, denotaban otras batallas, otros combates para darse.
Y aquel héroe, único sobreviviente, tras haber experimentado su primer duelo, vio el segundo al enemistarse la tierra con los astros. Y, así, devino el fin, la extinción de todo ser vivo –después recordado-; aunque él, el héroe, residiera en un más allá donde respirar resultara un don dado por los dioses.
Desde que presenció batallas, el único remanente hubo sido un recuerdo. Desde que hubieron finalizado y él sobrevivido, recordó, aquel hombre, toda la vida donde ya toda la muerte se infundía entre sus costillas. Quiso morir, quiso verter su sangre hasta ceder y no recordar, no volver a resucitar remembranzas sitiándolo. Pero no supo, es que desconocía una nueva afrenta dada entre su memoria revuelta y su paz buscada; y ese combate lo extremó condicionándolo.

30/7/16

El bosque y el lago

Sobredimensionaba, el bosque, toda búsqueda por intrepidar raíces. La tierra, los árboles y toda vegetación hervía ante el desconsuelo de una lágrima viva rechinando en su interior: un lago vaporoso.
Asuntos similares sucedían arriba, aunque también debajo de cláusulas endiosadas en memorias de eternidades bruscas. Asuntos de guerra, asuntos de paz, residían en el bosque, y en el lago; cuando el telar de los secretos se ensimismaba contra toda plétora, contra todo marcial, siendo infierno y cielo. Y nadie más vivía ahí; nadie, ningún animal, ningún hombre, cabía donde poder exhalar abismos entrechocados dimensionaba buscando límites atravesables.
Hasta que el lago no hubo dilatado su frontera, y superado los márgenes orillezcos; hasta que el lago inundó la vegetación cubriéndola con su manto estertóreo, no se había atrevido a someterlo, a dirigirlo, y, siendo condescendiente, a reinarlo.
Hasta que ese lago, hasta que ese cielo no ocupó ese bosque, ese infierno, Dios no supo dónde ubicarse, consolado, esta vez, por la ausencia de la mirada de los hombres.

23/7/16

Cantó

Cantará desde barrancos y con furores paganos. Ella, la tierra, despertará a los días y adormecerá a las noches; ella, la tierra, contemplará mares de afrentas puntiagudas con temor seco de convicciones puramente, cuando sepa, cuando arrastre, sigilosas humaredas hasta el relincho de los desiertos.
La tierra cantará cuando sol y luna desaparezcan. La tierra dirá sus sones sin compases aunque con vientos atosigándola denodadamente. Ella desolará tribus de cautivos desenfrenos con motín de un campanal vociferándose audito; vociferándose ahíto, tenaz, plural hasta un medular resquiebre de vértebras, ante la música de un cielo oscuro y sin astros. Y fingirá, atormentará noctámbulos desenfrenos con júbilo y espanto.
Al verte, tierra, serás persona. Serás apasionante clamor de debates constitutivos hacia desmayos paradojales. Serás duelo, y serás alimento; serás puerta, y también, ventana hacia astros merecedores de arrebatarte, tierra simple.

16/7/16

Sentido

Al creer, aquellas personas derribaban atosigados deslumbres hasta iniciarse metódicos. Circunspectos en creencias, mecanizados en idearios propios de quienes perseveran según sus religiones.
Y creían en dios. Aquellos, maquinariamente, utopizaban los realismos hasta enfrentarse con el libre pensar; sus ideas, sus consignas, sus días y noches no variaban excepto en librar belicosidades cuando en torno incidían.
E implicaba que lloviera fuego y erupcionase agua cuando en dios creían. Implicaba darse contra refugios con alambrados de césped, de carne y cemento, de intrincados dominios donde seguían anquilosados; donde continuaban meditabundos y errando sobre la última faz del planeta hasta cerrarlo cifrándolo en detallismos dados desde dibujos invisibles.
Pero cuando eran ateos, no. No llovía fuego ni erupcionaba agua. Llovía agua y erupcionaba fuego.
Durante los tiempos en que eran ateos, todo lo evaporable se convertía en nube y todo cielo en reglamento decodificado. Durante aquellos tiempos, aquellas personas consecutaban rígidas pesadumbres hasta extrañar, perseguir e ilusionar, aguas de fuego; lava que sin arder lamería suelos donde verterse sería dicha, consuelo, y no, máquina, precipicio y arista de un cubo orbitando. 

9/7/16

Construido

Ellos construían con ahínco un templo de piedra. A veces caían restos de cierta arena en forma de vestigios imaginarios con gotas de lava fundiéndose entre hielos limitantes.
Ellos habían construido un holocausto en marcha confiriendo máculas desabridas ante los mares alternantes. La arena paseaba, se juntaba para untar piedra con piedras mientras un sismo celeste descendía horadando superficies sin árboles por doquier.
Ellos construían con fervor arenas rocosas. Cuando caía cada piedra, era suelo, era cimiento, era basamento haciéndose germen de fuegos instantáneos bullendo sin esperas.
Fue hecho un templo de piedra. Fue hecho también con arena; arenisca, fe de quienes construyen empedrados.

2/7/16

Indescifrados

Revertía el camino de los mensajes llegados a su sien. Devolvía cada latir donde se había causado; donde se había hecho producto de indescifrables comunicados librados a tropel.
Cada uno de los mensajes se emitía en el entorno. Iba y volvía; yendo desparramaba intacto frenesí instantáneo que regresando persistía en adoctrinarse bajo sulfuros de bastiones inservibles. Y si más iban, más volvían, más regresaban atentando volátiles humos para trepar caudalosos. Es que ese hombre, ése a quien llegaban los comunicados, estentoreaba algunos mensajes retornando hasta oídos planetarios con agujerosos silbos. Ese devolvía auténticamente cada frase adjuntada a otra hasta multiplicar cada sensación -cada rasgo, cada figura- de quienes vociferaban.
El mero hecho de ser receptor resultó indispensable elemento para discernirse unilateral, aunque la máxima de atiborramientos fuese cruel disputa de colmos y pluralismos. Cada emisión, una detonación; cada retorno, silabarios recreados sobre las máculas invisibles de las cortesías.

25/6/16

Vértigo

Demolía precipicios velozmente. Raudo, esquivaba escombros entre los aires ocupando; entre los aires marchitando y, soliviantando, mediante una rapidez insólita, verdinegra y caótica.
Desconocía él si caía o si se elevaba. Dado el apresuramiento por atravesarlo todo, lo ignoraba al carecer de referencias. Es decir, dichos apuntes resultaban imposibles de ser notados. Y él, quien cruzaba hasta sorderas estallándolas con silbidos, procuraba disponerse rectamente para prohibir ciertos percances durante su trayecto.
Durante longevidades de una sola vida, él resistía detenerse. Es más, no podía; y sus decires se aquietaban mientras su movimiento, dueño de los límites, acrecía.
No se unió al descenso. No se unió al ascenso. Prefirió traspasarlos, entonces, unificándose al vértigo de inefables conservadurismos insolentes. Y fue un concepto, tan rápido, una idea el elemento y destino de su carrera.